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viernes, marzo 11

Encuentro inesperado.


Había prometido esperar a la chica blanca tras las clases. Anaé jugueteaba con un mechón de su pelo castaño. Lo enredaba en un bucle alrededor del dedo índice y volvía a soltarlo. Frunció los labios, tardaba mucho y se estaba aburriendo. De pronto algo llamó su atención y se olvidó de todo. Un objeto brillaba en el suelo reflejando con fuerza los rayos del sol. Sonrió agachándose para cogerlo sin apartar la mirada de este.
Antes de alcanzarlo sus dedos chocaron contra otros ajenos. Apartó la mano rápidamente alzando el rostro sorprendida por aquel inesperado contacto. La mano del desconocido alzó el plateado zippo prendiéndolo de camino a sus labios.
-E.
Sus labios se movieron por voluntad propia hasta pronunciar su nombre.  El aludido se dignó a mirarla a los ojos. Anaé estaba casi segura de haber leído una leve expresión de asombro en su rostro. No pudo por más que sonreír al notarlo. Se preguntaba qué haría allí tras tantos años. E. desvió la mirada al oír las pisadas acercándose del hombre rojo.
-Anaé. Te esperan dentro.
Ella con desgana desvió la mirada hasta el emisor de dichas palabras. Le sonreía amablemente señalando con un gesto desenfadado el interior de la universidad. E. exhaló  lentamente el humo de su cigarrillo en su dirección. La estaba mirando, reconociendo. Entonces comprendió todo. El profesor sustituto se despidió de ella marchándose con su viejo conocido. Ya no sería más el hombre rojo. Todo había sido una confusión.
Nerviosa se hizo una coleta mientras observaba el lugar en el suelo donde había estado el brillante zippo. En ese momento salió la chica blanca a su encuentro. La ignoró completamente. Tenía cosas mucho más importantes en las que pensar. Eran hermanos y tonta de ella los había confundido inconscientemente. Alzo la mirada para alcanzar a ver la espalda de ambos hombres alejarse.
Su hombre rojo había vuelto.
-E.


domingo, febrero 27

Rojo.


Un hombre joven entró en la sala. Anaé sonrió.
Era rojo, nada más verlo supo que era de color rojo. En su vida solo había habido una persona así. Sacó su libreta.
El profesor estaba de baja y el hombre rojo sería el sustituto. Anaé comenzó a dibujar sus rasgos con trazos rápidos y seguros. Guardaría el retrato del hombre rojo en la caja escondida que había bajo su cama. De este modo él ya no podría escaparse de su memoria.
Fijó la vista en ella. La ordenó bajar los pies de la silla. Anaé se abrazó las rodillas y con una risilla nerviosa le hizo caso. El hombre rojo la miró una vez más antes de comenzar la clase, asegurándose de que le había obedecido.
Retomó el rápido retrato a lapiz que había empezado. En el momento en el que el compañero a su lado hizo una pregunta, Anaé se frotó la nariz concentrada. Notaba un cosquilleo en su pie derecho que se había quedado dormido.
Cuando terminó se apresuró a guardar la libreta. El hombre rojo esta de espaldas a la clase escribiendo en la enorme pizarra. Anaé se preguntó si se limpiaría las manos de tiza en los pantalones, o las sacuduría entre sí.
El compañero a su lado tan siquiera tenía color. Tuvo ganas de empujar discretamente su bolígrafo azul hacia él. No lo hizo. No cambiaría nada, él no tenía color.
Un sonido llamó la atención de Anaé. El hombre rojo había sacudido las manos entre sí y se dirigía a la clase en su apasionada charla educativa. Sonrió divertida mientras volvía a subir los pies sobre la silla. Le gustaba el nuevo profesor.
Él era de color rojo también.