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miércoles, marzo 2

El lienzo cobre.


El chico verde no dejaba de mirarla. Esa mañana Anaé no se había arreglado. Había cubierto su castaña melena con la capucha de la sudadera y se había enfundado unos pantalones oscuros.
Se dio cuenta de que la manga de su camiseta se había manchado. Un punto amarillo había sorteado la barrera de la bata y brillaba solitario sobre la oscura tela. Esto le hizo pensar.
Se levantó y caminó hacia el caballete del chico verde. Este le miró sorprendido. Estaba pintando una bonita puesta de sol en la playa. Los oleos descansaban sobre la paleta que sostenía su mano izquierda, mientras nervioso sostenía el pincel en la mano diestra.
-¿Has visitado ese lugar?
La voz de Anaé acarició los oídos del chico verde. Nunca antes le había oído hablar, así que estuvo muy atento. Paseó el pincel de una mano a otra pensando y sin levantar la mirada del lienzo contestó.
-Si.
Dejó el mango del pincel sobre su sien mientras su grave voz bailoteaba aún en la cabeza de Anaé. Ella desvió la mirada al lienzo buscando el significado entre las pinceladas de las siluetas que había creado.  Se dio cuenta de que el joven sentado que observaba la puesta de sol, no era otro que el chico verde.
-Lo encontraré.
Anaé desvió la mirada a sus ojos claros que le prestaban toda la atención. Se fijó en que se había manchado la mejilla. Sonrió al darse cuenta del color.
Verde.


domingo, febrero 27

Verde.


Anaé se alejó un paso para comprobar que la pintura estaba quedando como ella quería. Mordía el mango del pincel mientras la estudiaba con detenimiento.
Su compañero de clase, el chico verde, la estaba mirando.
Sí, él era verde. Verde como los arboles que se veían a través de la ventana, verde como el color que manchaba su paleta, verde como los ojos de su abuela. A Anaé le gustaba el chico verde, por eso le había apodado así. Nunca había hablado con él. Cuando ella le miraba, el chico verde apartaba la mirada y simulaba estar haciendo cualquier cosa.
Anaé quitó con un dedo la pintura que decoraba la paleta. La acercó a su nariz hasta ponerse bizca y sonriendo lo limpió en su bata.
Sonó el timbre que anunciaba el final de la clase.
Guardó sus cosas y alisó con ambas manos su vestido azul.
Ella era azul. Sonrió. Todos tenían un color, Anaé les asignaba uno.
Ella era azul como el cielo y el mar. Como la pequeña cajita de música que escondía bajo su cama y como la manta que se echaba sobre los hombros su abuela en invierno.
Fuera la esperaba la chica blanca. El aburrido y monótono blanco. Quiso dar un rodeo y bajó un par de escalones de un salto.
Anaé!
Ella no se llamaba así, pero le gustaba creer que sí.
Saltó otro par de escalones. En la calle llovía. Se caló su boina francesa y dio un paso al frente mojando sus zapatos de charol. La chica blanca la seguía con un paraguas en la mano.
A Anaé no le gustaban los paraguas.
Aceleró el paso y sacó de su bolsillo derecho un caramelo de limón y un botón del jersey. Se metió el dulce en la boca y la chica blanco la alcanzó. No intentó cubrirla.
Llegaron al andén y Anaé tiró el botón beige a las vías. Se inclinó para verlo caer unos segundos antes de que pasase el tren. Las puertas se abrieron y entró de un salto. Los cristales estaban empañados y no pudo resistirse. Estirajó la manga de su jersey de lana e hizo un círculo en el vaho. La chica blanco la despedía con la mano. Anaé sonrió y apoyó su nariz contra el frío cristal.
Adiós, hasta mañana.